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Badolatosa Sevilla, Mi pueblo

La Suerte

4 Julio 2010 , Escrito por Abraham Pineda Etiquetado en #Colaboradores

La Suerte

La Dama del Silencio. 04 Julio 2010

 

Inventario Urbanismo 13

 

En la puerta de la pequeña casita de Julia había una plazoleta, en ella se hallaba un pequeño monumento a la cruz. Una cruz de forja de enredoso dibujo y pintada de negro. Tan cerca la tenía, que Isabel, sólo contaba diez pasos al salir de su casa para llegar hasta ella, y allí se paraba, aquel era su sitio. Un sitio solariego y apacible, donde una baja silla con asiento de enea llegaba a rastras hasta donde ella decidía, y allí, con las manos, tanteaba primero el asiento antes de poner su trasero sobre él para no caer al vacío. Con mucho cuidado, sacaba de su bolsillo un pañuelo blanco que ponía sobre su blanca cabeza para protegerse del sol. En su arrugado rostro se podían apreciar manchas oscuras, manchas que con el tiempo habían pasado a ser pequeñas costras, algunas bastante resecas, y otras, tan marrones, que formaban grandes dibujos en sus pómulos y en su nariz.

 

 Cuando alguien se acercaba a ella, su mirada no cambiaba, sólo inclinaba un poco su cabeza, como poniendo el oído en su mejor posición, y así, oír mejor lo que le decían.

 

No miraba al suelo, ni tampoco miraba al cielo, su cabeza había encontrado una posición donde ella ponía sus cinco sentidos muy desarrollados por el paso de los años, aunque uno de ellos le había fallado.

 

Con semblante sereno se colocaba sus negras gafas de sol que ocultaban la nube que había llegado a sus ojos cuando era una niña, tan niña, que ni siquiera se acordaba, y sólo le dejaba ver las tinieblas. Una oscuridad que se había afincado en ellos y nunca había podido desprenderse de ella.

 

La luz sólo le llegaba a su mente, y también a su alma. Se iluminaba toda cuando alguien le dirigía la palabra, y allí, en sus adentros, le daba forma a todo lo que le contaban. Sólo ella tenía esa visión única de ver las cosas, sus cosas, las que le contaban, o las que cosas que palpaba.

 

Por su voz conocía a todos los vecinos, Por sus pasos y su perfume podía adivinar quién se acercaba a ella. Por su tacto y su volumen, conocía todo lo que tocaban sus manos, sus monedas y todos los billetes. Soñaba cómo era la luna, su luna. Cómo era su sol, ese que tanto le gustaba tomar en invierno, cómo eran las estrellas, las que nunca pudo contar.

 

Todos los días, conforme con su suerte salía a su puerta a trabajar, con su media sonrisa se colgaba en el pecho la ristra de números, y con voz cansada y rota por la edad pregonaba…

 

¡La suerte…! ¡La suerte…!

La suerte de los demás.

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