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Badolatosa, Sevilla, Mi pueblo

LA MAESTRA

9 Octubre 2010 , Escrito por Abraham Pineda Etiquetado en #Colaboradores

         

  Escrito por: La Dama del Silencio. el 30 Ago 2010

A Rosa cada día le costaba más levantarse para ir al colegio. Su tripa le dolía, y su estómago empezaba a subir hasta la garganta, se le formaba  un nudo que no la dejaba tragar. No entendía a su maestra. Su pecho jadeaba cuando se enfadaba, su cara se contraía, y sus labios rojos se apretaban antes de hablar. Su rizada y corta melena dejaba su corto cuello al aire, mientras que su ondulado flequillo caía con gracia hacia un lado como una cortina. A veces se le oscurecían los labios, y otras veces con la pintura roja no se le notaba. Rosa, no sabía de dónde era aquella maestra, sólo sabía que otras niñas más mayores que ella, le decían que estaba loca. Ella, del pupitre no se movía, por si acaso, porque cuando se ponía iracunda había que temerle.

 

Sacaba su varita de acebuche de su cajón y se ponía a pegar en las manos y en el culo a la primera que osaba portarse mal o equivocarse en la lectura, más de una vez la había mandado al rincón después de decirle burra y  pegarle con ella. La amenazaba con ponerle las orejas de burro, en vez de ponerle  la preciosa moña de papel que tanto le gustaba, y todo porque no acababa de aprender a decir la “ch” y la “h”, se le trababa la lengua y sólo emitía un sonido muy raro que acababa salpicando la hoja del libro de saliva. Eso, a la maestra la colmaba y la enfurecía.

 

Aquel día, como casi todos los días, tardó en subir después de su tertulia con los demás maestros, y las niñas hablaban y jugaban contentas sin el ojo visor que las hacía enmudecer. Cuando la maestra entró, el silencio fue sepulcral, con un corto vistazo vio a las niñas que se habían movido de su asiento y clavó sus ojos en ellas. Ana, Teodora, María, Andrea, al rincón, y después haréis copias diciendo: “no me moveré más de mi sitio,” las demás aquí, alrededor de la mesa.

 

A Rosa se le helaba la sangre, y su corazón latía con fuerza cuando la maestra la miraba, sus piernas se ponían flojas y no era capaz de dar un paso.

 

Hoy vamos a cantar la canción que aprendimos ayer, y después como os habéis portado bien os enseñaré algo. A estas no,  estirando el brazo y el dedo pulgar señalando para el rincón.

 

La sangre de Rosa empezaba a circular, su garganta y su tripa se relajaban y respiraba tranquila, por ese día se había salvado. Sabía que cuando la maestra decía eso, era verdad, Miraba de reojo al rincón donde las otras niñas seguían castigadas, se sentía triste y mal, le daba pena, no habían hecho nada malo como para recibir tal castigo, pero… como decían que estaba loca…, había que esperarse todo de ella. Con las manos atrás cruzaba los dedos para que no la mirara.

 

Mientras cantaban sólo tenía ojos para la boca de la maestra. Intentaba hacer los mismos movimientos que hacían sus labios, y a la misma velocidad, abriendo y cerrando  su boca a la vez que la de ella, para que no se diera cuenta que apenas se  sabía la canción, su oído hacía todo lo demás.

 

Una vez que hubieron cantado, la maestra metió la mano en su cajón, y con mucho cuidado deslió algo en un papel enrollado. En sus manos apareció una cosa como un tubo, del grosor de una caña, y de largo como una cuarta. Estaba forrado de piel, de un color muy oscuro, casi negro. La maestra desenroscó un poco y tiró para arriba de otro trozo de tubo que estaba dentro, y este se puso más largo. Había que ponerse aquella cosa en el ojo y mirar. Era un orificio muy pequeñito que con los dos ojos abiertos no podía apreciarse nada, la maestra le aconsejó que cerrara un ojo y acercara el otro al orificio aquel. Después de varios intentos sin resultado, temió que a la maestra se le agotara la paciencia y se lo pasara a otra niña sin dejarla ver aquello. Se puso la mano en el ojo abierto y se lo tapó. ¡Ahora si! La boca de rosa empezó a abrirse cada vez más espantada, ¡no podía creer lo que estaba viendo! Había muchas piedrecillas cristalinas, piedras de todos los colores que, cuando giraba el tubo aquel, formaban dibujos encajando unas con otras. Rosa estaba encantada, daba una vuelta, y estupefacta, contemplaba aquellas piedras cómo daban un tumbo y formaban dibujos preciosos, y daba otra, y se tornaban de otros  colores, y de distintas formas.  Así una vez, y otra vez, y otra…, cada tumbo era un dibujo, y otro… y otro…

 

-¡Se acabó!, gritó la maestra,- pásalo a la siguiente. Rosa se asustó, estaba tan embobada mirando la magia del fondo de aquel tubo que parecía que había despertado de un sueño. ¿Había sido un sueño?

 

¡Qué cosa tenía aquella maestra tan bonita! ¡Claro…, como estaba loca…!

 

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